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domingo, 2 de abril de 2017

DESNATURALIZAR LA VIOLENCIA, por Antonio Rivera.

Antonio Rivera, a la derecha... Alejado de la autoridad actual de la UPV
      Antonio Rivera es un historiador que llegó a ser vicerrector del campus de Álava de la UPV entre 1997 y 2004. Intentó convertirse en rector pero perdió las elecciones y se metió en política: fue parlamentario y viceconsejero de Cultura como independiente en el Gobierno Vasco del socialista Patxi López, sin dejar de militar en el sindicato CGT. Al terminar su paso por la política volvió a dar clases en la UPV.
     El pasado 17 de marzo le vi plantado delante de la Facultad de Letras de Vitoria muy alejado de
Antonio Rivera Blanco
las autoridades que presidían un acto de protesta contra los repetidos actos de violencia que se producen contra el campus de Álava. Pensé que Antonio Rivera tendría mucho que decir sobre la debilidad que demuestran las autoridades universitarias actuales frente a quienes maltratan la Universidad de toda la ciudadanía vasca. Yo ya lo hice hace una semana en este artículo titulado MIEDO EN LA UNI DE LA RECTORA BALLUERKA. IKASLE ABERTZALEAK IMPONE SU LEY.
     Tras aquella concentración silenciosa, abordé a Antonio Rivera y le propuse que escribiese algo. Siempre es un placer leerle. Con su eterna sonrisa, me dijo que "algo estaba rumiando". Aquí está el resultado, un artículo publicado esta semana en las páginas de opinión de EL CORREO

DESNATURALIZAR LA VIOLENCIA. 

El lehendakari mandó un tuit condenando la violencia y exigió "una respuesta firme, legal (sic) y contundente de las instituciones vascas". Nadie entiende qué pasa en la universidad vasca. Nadie entiende que pase ahora lo mismo que venía pasando durante decenios, cuando la misma partida de la porra imponía por la fuerza el silencio, el cierre y el éxito de sus convocatorias. Entonces todo se entendía porque el sagrado manto de la patria proporcionaba la significación. Había un conflicto en Euskadi y ese conflicto lo personificaba ETA y su entorno, incluido el estudiantil. Pero ahora ya no hay conflicto, ni casi ETA ni, por tanto, sentido para el empleo de la violencia política. Ahora parece ajena, tanto en tiempo como en formas y lenguaje. Le acompañan reclamaciones que no se reconocen como voces vascas: capitalismo, heteropatriarcado, ideología burguesa, clase obrera, revolución. Incluso no atienden a sus mayores de la vieja causa cuando les censuran por volver a anteriores
Ikasle Abertzaleak impidió hablar a la actual rectora en un acto electoral. 
procedimientos, ya periclitados (a instancia y oportunidad establecida solo por ellos). Se intuye que los muchachos son de aquí porque el euskera es su único vehículo de comunicación y por su insistencia en un modelo propio para cada cosa, pero bien podrían ser ajenos.

No se entiende que renuncien a argumentar y que se apliquen solo a la fuerza. Nadie sabe qué pedían esos estudiantes; solo ha quedado el rastro de su acción. Acción por la acción, puro activismo. Pero, ¿no era así antes, ya desde los noventa? No, entonces estaba la patria –el conflicto que (man)tenía la patria– para justificarlo.

El hombre es un animal que justifica. En su necesidad de explicarse cualquier exceso, los ideales son la coartada perfecta porque nos distancian del nihilismo. Solo los criminales se atreven a hacer daño sin filosofar (Robert Musil). La gente normal hace daño por un ideal y eso les justifica, cuando en realidad el objetivo político debiera ponerles a la cabeza de los canallas: hacer daño a sabiendas y con planificación para lograr algo en el lejano futuro. Pero así pensamos aún.

Y así hemos pensado hasta ahora. Si había objetivos, el medio más horrendo (matar) podía tener justificación. La violencia terrorista se naturalizó en Euskadi en los sesenta del pasado siglo. Una
A Ikasle Abertzaleak las cámaras de videovigilancia no les gustan nada...
dictadura interminable no permitía competir políticamente, luego cabía el recurso extremo. ETA y su violencia se naturalizaron, los naturalizamos. Acudían entonces a las unidades de acción de los opositores en igual condición y trato que una asociación de vecinos, un partido o un sindicato. Llegó la democracia, la Constitución, el Estatuto, el autogobierno y ETA siguió matando, su mundo jaleándola y nosotros naturalizando su presencia, justificándola en parte: del “por algo será” se pasó al “por algo lo harán”. Todo por la patria.

A tal punto fue así que se vinculó el final de la violencia al logro total de las demandas de esos patriotas: el programa político final de los nacionalistas. Estella, Ibarretxe, su plan, saltan al recuerdo. El sano objetivo final era desarmar y legalizar a ETA, a costa de cualquier cosa, incluso de reconocerles de nuevo como otro agente más. Así se afirmó, sin producir hilaridad: al cabo, la organización terrorista ya había corregido trazados de carreteras, determinado dónde construir infraestructuras, establecido si se podían proyectar películas X en los cines de los ochenta, expulsado a tiros a traficantes y protegido, en suma, a la comunidad acechada por mil peligros. Incluso cuando se decidió acabar con esa naturalización –la Ley de Partidos que prohibió competir en política mientras se manejaban pistolas en esa lid– se interpretó como antidemocrática.

Ahora que esto parece que se ha acabado, algunos insistimos en que el relato es determinante. Los que se asustan hoy por la violencia de esos muchachos prefieren diluirlo, despolitizarlo. Pero si no dejamos claro, no solo que aquello estuvo mal, sino que en la democracia solo vale la democracia, cualquiera puede volver a esgrimir el eterno conflicto, estableciendo una mayúscula justificadora de entre los muchos problemas que tiene esta o cualquier sociedad. Así lo están haciendo estos estudiantes, y eso nos llena de estupor y miedo. Pero lógica hay: si no desnaturalizamos la violencia, si no la privamos de justificación de principio a fin, no podemos rasgarnos las vestiduras cuando un joven se vuelve a portar como cuando nosotros lo éramos, con la misma trama argumental.

De ahí la importancia del relato. Porque no es que haya rescoldos de lo anterior. Hoy hay las mismas razones que hace diez, veinte o cuarenta años –al menos desde que acabó la dictadura– para quemar y romper. Posiblemente ninguna, si se puede acudir al convencimiento y al respeto del libre albedrío. Solo que antes naturalizábamos la presencia de quien blandía esos objetivos justificadores y ahora no estamos por la labor de hacerlo porque nos pilla ya hastiados y convencidos de haber pasado a otra situación.

“El pasado es lo que antes fue real y que, por no serlo ya, ahora se ha convertido de nuevo en posibilidad y puede recordarse e interpretarse distintamente. Por eso, como el futuro, también el pasado, visto desde el presente, es el gran espacio de lo posible” (Rüdiger Safranski). Así que, sin mentir ni mentirnos, tenemos que dejar claro el pasado, para que no pase lo que está pasando con estos violentos pertinaces, cuyo presente vive y bebe del ayer. Hoy ya solo lo hacen ellos y por eso nos parecen tan extraños, pero son nuestros hijos. Y con ellos tenemos en ocasiones la misma tentación de naturalizarles repitiendo el fracaso que tuvimos con sus mayores: pensar que la bestia se refrenaba abasteciéndola de parcelas de poder. Aquello no funcionó porque no hay causa, ni siquiera la patriótica, que permita saltarse la raya de la democracia y de la no violencia. ¿Volverán nuestras autoridades a jugar a lo mismo o han aprendido ya con esta?

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